lunes, 28 de octubre de 2013

NORMAS PARA EL PARQUE HUMANO, DE PETER SLOTERDIJK. (RESUMEN)

JOSÉ ANTONIO HERRERA MÁRQUEZ
TRABAJO SOBRE: NORMAS PARA EL PARQUE HUMANO,
DE PETER SLOTERDIJK.

-Resumen de la obra.

Los libros son voluminosas cartas para los amigos. El humanismo es telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en el medio del lenguaje escrito. Desde que existe como género literario, la filosofía recluta a sus adeptos escribiendo de manera contagiosa acerca del amor y la amistad. No es solo un discurso sobre el amor por la sabiduría, también quiere mover a otros a ese amor.

El eslabón más importante de esta cadena epistolar fue, sin duda, la recepción del mensaje griego por parte de los romanos, pues la apropiación romana del texto lo hizo por primera vez accesible para todo el imperio e indirectamente también para las culturas europeas posteriores. Una regla de la cultura literaria es que los emisores no pueden prever a sus receptores reales.

En el núcleo del humanismo así entendido descubrimos una fantasía sectaria o de club: el sueño de una solidaridad predestinada entre aquellos pocos elegidos que saben leer. Los humanizados no son en principio más que la secta de los alfabetizados, y al igual que en otras muchas sectas, también en ésta se ponen de manifiesto proyectos expansionistas y universalistas.

El servicio militar obligatorio para la juventud masculina y la lectura obligada de los clásicos para los jóvenes de ambos sexos caracterizan la era burguesa clásica. Entre 1789 y 1945 los humanismos nacionales amigos de la lectura tuvieron su momento de esplendor. El poder de los maestros y el papel clave de los filólogos en esa época tenían su razón de ser en su conocimiento privilegiado de esos autores merecedores de consideración como emisores de los escritos fundacionales de la comunidad. A partir de 1918 (radio) y de 1945 (televisión) y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos.

El humanismo, tanto en el fondo como en la forma, tiene siempre un “contra qué“, pues supone el compromiso de rescatar a los hombres de la barbarie. El tema latente del humanismo es, pues, la domesticación del hombre; su tesis latente: una lectura adecuada amansa.

Eso que los romanos llamaron humanitas sería impensable sin la exigencia de abstenerse de consumir la cultura de masa en los teatros de la brutalidad. Si alguna vez hasta el propio humanista se pierde por error entre la multitud vociferante, ello sólo sirve para constatar que también él es un ser humano y, en consecuencia, puede verse infectado por el embrutecimiento. Lo humano consiste en elegir para el desarrollo de la propia naturaleza los medios inhibidores y renunciara los desinhibidores.

Es preciso abandonar la palabra “humanismo” si es que ha de recuperarse en su inicial simplicidad e ineludibilidad la verdadera tarea del pensar, que en la tradición del humanismo o la metafísica pretendía darse ya por resuelta. La pregunta por el hombre no tomaría un rumbo acertado hasta que no se distanciase de la práctica más vieja, obstinada y funesta de la metafísica europea: definir al hombre como animal rationale. Con esta explicación de la esencia humana no deja de entenderse al hombre desde una animalitas aderezada con aditivos espirituales. Contra esto es contra lo que se rebela el análisis existencial-ontológico de Heidegger.

Lo que a Heidegger le da la certeza de haber pensado y sobrepasado el humanismo con estas expresiones es la circunstancia de que implica al hombre, comprendido como despejamiento del ser, en una actitud de contención y en una relación de nueva amistad que son mucho más profundas de lo que jamás podrían soñar todos los desembrutecimientos humanistas y todos los amores eruditos por los textos que hablan de amor. Heidegger eleva el ser a la categoría de autor exclusivo y único de todas las cartas esenciales, y a sí mismo se designa como su actual escribano.

¿Qué amansará al ser humano, si fracasa el humanismo como escuela de domesticación del hombre?¿Qué amansará al ser humano, si hasta ahora sus esfuerzos para autodomesticarse a lo único que en realidad y sobre todo le han llevado es a la conquista del poder sobre todo lo existente?¿Qué amansará al ser humano, si, después de todos los experimentos que se han hecho con la educación del género humano, sigue siendo incierto a quién o a qué educa para qué el educador?¿O es que la pregunta por el cuidado y el modelado del hombre ya no se puede plantear de manera competente en el marco de unas simples teorías de la domesticación y de la educación?

El hecho de que el hombre haya podido convertirse en el ser que está en el mundo tiene unas profundas raíces en la historia de género humano de las que nos dan cierta idea los insondables conceptos de nacimiento prematuro, neotenia e inmadurez animal crónica del hombre. Aún se podría ir más allá y designar al hombre como el ser que ha fracasado en su ser animal y en su mantenerse animal. Al fracasar como animal, el ser indeterminado se precipita fuera de su entorno y, de este modo, logra adquirir el mundo en un sentido ontológico. Éste éxodo solo produciría animales psicóticos, si no tuviera lugar al mismo tiempo que la salida al mundo, una entrada en eso que Heidegger llamó la casa del ser: el lenguaje. Los lenguajes tradicionales del género humano han hecho visible el éxtasis del ser-en-el-mundo, al mostrar a los hombres que su ser-en-la-casa-del-mundo puede experimentarse también como un ser-en-su-propia-casa. Allí dónde se levantan casas hay que decidir qué va a ser de los hombres que las habitan.

Con la tesis del hombre como criador del hombre estalla por los aires el horizonte humanista, en tanto que el humanismo no puede ni le es lícito pensar nunca más allá de la pregunta por la domesticación y la educación: el humanista deja primero que le den al hombre para después aplicarle sus métodos domesticadores, adiestradores, educadores, convencido como está de la necesaria relación entre leer, estar sentado y apaciguarse.

Éste es el conflicto básico postulado por Nietzsche de cualquier futuro: la disputa entre los criadores de hombres hacia lo pequeño y los criadores hacia lo grande.; podría decirse también: entre los humanistas y los superhumanistas, entre los amigos del hombre y los amigos del superhombre.

No cabe duda de que la lectura ha constituido una gran potencia educadora de hombres, pero, a pesar de ello, la selección, igual da de qué forma se realizara siempre entraba en juego como el poder oculto tras el poder.

También en la cultura actual está teniendo lugar la lucha de titanes entre los impulsos domesticadores y los embrutecedores y entre sus medios respectivos. Y ya serían sorprendentes unos éxitos domesticadores grandes, a la vista de este proceso civilizador que está avanzando, de forma según parece imparable, una ola de desenfreno sin igual.

Desde el Polítikos y desde la Politeia hay en el mundo discursos que hablan de la comunidad humana como si se tratara de un parque zoológico que al mismo tiempo fuese temático. El sostenimiento de hombres en parques o en ciudades se revela como una tarea zoopolítica. Aquello que se presenta como una reflexión política es, en realidad, una declaración de principios sobre las normas para la gestión empresarial de parques humanos. Por lo que respecta al zoo platónico y a su nueva organización, de lo que se trata es de averiguar por todos los medios si entre la población y la dirección existe una diferencia solamente gradual o una específica. Pues, bajo el primer supuesto, la diferencia entre los cuidadores de hombres y sus protegidos sería solo casual y pragmática: en este caso podría atribuírsele al rebaño la capacidad de ir eligiendo por turno a sus pastores. Si, por el contrario, entre los directores del zoo y los habitantes del zoo reina una diferencia específica, entonces serían tan distintos entre sí que no sería aconsejable una dirección elegida, sino solo una dirección con conocimiento de causa. Si se descarta por incierta y engañosa la forma tiránica, nos queda entonces el verdadero arte de la política, que se define como “el cuidado voluntario de rebaños de seres voluntarios”. El fundamento auténtico y verdadero del arte real no hay que buscarlo, según Platón, en el voto de unos conciudadanos que ofrecen o retiran a voluntad su confianza al político; tampoco reside en privilegios heredados ni usurpados. El gobernante platónico sólo encuentra la razón de ser de su gobierno en un saber experto de lo más inusual y de lo más juicioso. Aquí surge el fantasma de una monarquía de los expertos cuyo fundamento jurídico sea el conocimiento acerca de cómo se puede organizar y agrupar a los hombres de la mejor manera, sin dañar jamás su libre voluntad.

-Valoración personal.

En esta obra, el autor intenta dar su visión acerca de la educación actual y de la crisis de la misma. Hace una crítica contra los textos de obligada lectura y ve en la elección de dichos textos un modo, un poder y una intención de persuasión. Compara la educación con el adiestramiento y con el amansamiento animal de una forma acertada en mi opinión, aunque no debemos escandalizarnos ante esta comparación, ya que los seres humanos somos animales.

También hace una crítica de la política actual y termina ofreciendo como modelo de política el modelo que ofreció Platón.

    
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