domingo, 27 de octubre de 2013

Francisco y la caracola. Cuento infantil (Publicado en I Antología de Escritores Roteños).

FRANCISCO Y LA CARACOLA.
Por José Antonio Herrera Márquez


Érase una vez un niño llamado Francisco, que tenía tres años. A Francisco le gustaba mucho revolver todas las cosas que encontraba en la habitación de su tía Mari.

Un día, cuando estaba buscando por la habitación, encontró una caracola muy grande, más grande que su mano. Le preguntó a su tía dónde había encontrado la caracola, y ella le contestó que era una caracola que había encontrado en las playas de Rota.

-Ponte la caracola en la oreja, y verás cómo puedes escuchar el sonido de la playa- le dijo su tía.

Francisco le hizo caso y ¡vaya sorpresa! Era cierto que se escuchaba la playa.

-¿Por qué se escucha la playa tita? ¿Hay una playa dentro de la caracola?- preguntó Francisco.

-Sí, hay una playa dentro- le respondió su tía entre risas- Y, ahora, venga, deja la caracola en su sitio y ven abajo, a la cocina, a merendar.

Francisco y su tía se fueron a merendar, y comieron muchos dulces y pasteles. Cuando hubieron acabado la merienda, Francisco le dijo a su tía:

-Tengo mucho sueño tita, ¿puedo dormir la siesta en tu habitación.

-Claro que sí- le respondió su tía.

Así que Francisco se fue a la habitación de su tía, pero en realidad no quería dormir, sino que quería comprobar si había una playa dentro de la caracola o no. Después de un rato dando vueltas a la caracola, ya no sabía cómo abrirla o cómo entrar, así que cerró los ojos y pidió un deseo:

-Deseo entrar en la caracola y ver la playa que hay en el fondo- dijo en voz muy baja.

Y, de repente, Francisco comenzó a encoger y a hacerse cada vez más pequeño, y más pequeño, hasta que fue tan pequeño que cabía por la caracola.

Sin dudarlo, entró en la caracola y se dirigió hacia el fondo de la misma. Todo estaba muy oscuro, y el camino iba haciendo una curva. El sonido del mar y de la playa era muy intenso dentro de la caracola. Al doblar la curva, Francisco vio que al final del camino había una luz, así que corrió hacia ella.
Cuando llegó al final, vio la playa más bonita que había visto nunca. El agua de la playa era de un color turquesa, la arena era blanca, había estrellas de mar por todo el fondo del agua, había palmeras llenas de loros de muchos colores y de otros pájaros.

Francisco salió a la playa, y comenzó a crecer de nuevo, hasta llegar al tamaño que tenía antes de pedir el deseo. Corrió por la playa y se metió en el agua. En aquel momento, un gran cangrejo naranja, igual de grande que él, se le acercó y le saludó:

-Hola, soy el cangrejo Juan.

-Hola cangrejo Juan, yo me llamo Francisco.

-¿Es la primera vez que vienes a esta playa no?- preguntó Juan- Estás en la playa mágica. La gente cree que estamos dentro de la caracola, pero la caracola sólo es una puerta que conecta esta playa con el otro lado, con el mundo donde tú vives. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.

-Pues quiero quedarme aquí para siempre- dijo Francisco.

Ambos rieron y comenzaron a jugar por toda la playa durante horas. Hicieron castillos de arena, muñecos de arena, nadaron en el agua, jugaron a tirarse tierra, subieron a las palmeras, hicieron carreras por la playa… Francisco lo estaba pasando tan bien con su nuevo amigo Juan, que se había olvidado de que su tía y su mamá estaban al otro lado de la caracola.

Cuando se cansaron de jugar, Francisco se acordó de su familia y tuvo ganas de volver a casa. Se lo comentó a su nuevo amigo:

-Juan, tengo ganas de volver a casa, pero soy demasiado grande para pasar por la caracola.

-No te preocupes por eso, Francisco, yo conozco una forma de hacerte pequeño y poder volver por la caracola. Es muy fácil, sólo tienes que comerte la aceituna mágica que está en la cueva que hay al final de la playa. Cuando te la comas, volverás a ser pequeño y podrás regresar a casa.

-Gracias amigo Juan,- le dijo Francisco, y le dio un fuerte abrazo- voy a buscar esa aceituna y a volver a casa, hasta luego.

Francisco dejó a su amigo en la playa y se dirigió hacia el final de la misma, hacia la cueva, en busca de la aceituna mágica. Al llegar a la puerta de la cueva, vio que dentro estaba muy oscuro y le dio miedo entrar. Se puso a llorar porque no podía volver a casa sin comerse la aceituna, pero le daba miedo entrar a buscarla.

Cuando estaba llorando, vino una luciérnaga más  grande que él, que le había escuchado llorar.

-Hola niño, soy la luciérnaga Pepita, dime ¿por qué lloras?

Francisco le explicó el porqué, y ella le sonrió.

-No te preocupes niño, yo te ayudaré.- La luciérnaga encendió su culito como si fuera una lámpara, y entró en la cueva. – Sígueme- le dijo a Francisco.

Francisco la siguió por  toda la cueva hasta que llegaron al final, donde había una mesa en la que sólo había una aceituna: la aceituna mágica.

Salió corriendo hacia la mesa y se comió la aceituna de un solo bocado.

-Qué fuerte está- dijo Francisco al notar el sabor de la aceituna.

De repente, comenzó a hacerse muy pequeño, cada vez más. Y se dio cuenta de que siendo tan pequeño no podría llegar hasta la caracola, que estaba muy lejos.

-Móntate en mi espalda, niño, que yo te llevaré hasta la caracola para que puedas volver a casa- le dijo Pepita.

Así lo hizo Francisco, y fueron volando hasta donde estaba la caracola. Al llegar, Francisco se bajó de la espalda de Pepita y vio que su amigo Juan había ido hasta la caracola para despedirle. Juan y Pepita le dieron un abrazo a su nuevo amigo Francisco, y le desearon mucha suerte.

-Os echaré de menos- les dijo Francisco.

-Nosotros también te echaremos de menos, Francisco, pero no te preocupes, cada vez que quieras decirnos algo, puedes hacerlo a través de la caracola, aunque no podamos contestarte, sí podremos oírte desde la playa. Nunca te olvidaremos- le dijo Juan con lágrimas en los ojos.

Todos estaban llorando porque se tenía que ir, pero estaban también muy contentos por haber hecho nuevos amigos.

-Adiós amigos- dijo Francisco mientras entraba de nuevo en la caracola.

Al llegar al otro lado, comenzó a crecer de nuevo, y todo estaba tal y como lo había dejado al irse. Se acostó en la cama de su tía, recordando todo lo que había vivido ese maravilloso día. Al poco tiempo entró su tía en el cuarto.

-Francisco,  ¿cómo te encuentras? ¿Has dormido bien?- le preguntó su tía Mari.

-Sí, tita, he dormido muy bien- le respondió Francisco riéndose.

Desde aquel día, Francisco les decía cosas a sus amigos todas las tardes a través de la caracola, y era muy feliz porque sabía que sus amigos podían escucharle.


Según cuentan, todas las caracolas de las playas de Rota son mágicas, y cada una es una puerta a una playa mágica y especial. Eso es lo que cuentan, Francisco descubrió una playa mágica pero… ¿Descubrirás tú otra?


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